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Ciencia, conciencia y consecuencia

Fútbol, futbolista, soccer
La falta de conectividad produce aislamiento

Si como ha dicho el presidente de la Fundación, Don Fernando fue «un espejo de lo cubano que nos hizo descubrir y revalorizar zonas ocultas de la realidad», también cabe decir que, en el tiempo transcurrido, sobre la base del principio orticiano de cultivar «ciencia y conciencia», han sido fecundas las contribuciones a la vida cultural y al tejido social de la nación

Retrato de Fernando Ortiz, 1941. Foto: Obra de Jorge Arche Por los días en que el joven poeta y etnólogo en formación, a punto de irrumpir en la lírica con paso firme y sentar los pilares de la novela testimonio, visitaba al sabio en la casona de L y 27, en el Vedado, tenía muy claro ya la enorme trascendencia de la obra de aquel hombre y el valor imperecedero de sus lecciones, pero distaba mucho de imaginar que tres décadas después, alentado por Armando Hart y Abel Prieto, asumiría a plenitud la misión de multiplicar el legado del maestro, a partir de la creación, el 21 de septiembre de 1995, de la Fundación Fernando Ortiz.

Miguel Barnet y sus colaboradores, y junto a ellos la comunidad académica y el movimiento intelectual y artístico cubanos, pueden mirar con orgullo la cosecha de la Fundación a lo largo de estos 25 años, y la consecuencia con que han desplegado los objetivos y proyectos de una institución que prestigia a la sociedad civil insular.

Si como ha dicho el presidente de la Fundación, Don Fernando fue «un espejo de lo cubano que nos hizo descubrir y revalorizar zonas ocultas de la realidad», también cabe decir que, en el tiempo transcurrido, sobre la base del principio orticiano de cultivar «ciencia y conciencia», han sido fecundas las contribuciones a la vida cultural y al tejido social de la nación.

Esa labor, metódica, sistemática, persistente, muchas veces fuera del foco de los reflectores y renunciando a  golpes de efecto mediáticos, se ha sostenido desde el entendimiento de una vocación de servicio en la que el ejercicio científico dinamita compartimentos estancos para debatir e insertarse en procesos de cambio tan complejos como los que ha registrado el país en el cruce de uno a otro siglo.

Un primer anillo de interés se sitúa, por supuesto, en la promoción de la obra de Don Fernando: reediciones, rescate de textos inéditos y desarrollo de estudios acerca de los diversos campos en los que actuó el sabio. Entre las más recientes novedades destaca el ingente trabajo de clasificación, ordenamiento y depuración del epistolario del polígrafo en cuatro tomos, que abarcan el dilatado plazo de 1920 a 1963. Tantos empeños cristalizaron con la proclamación de la obra y el legado de Fernando Ortiz como Patrimonio Cultural de la Nación. 

El estímulo a la investigación científica en torno a la identidad cultural, desde un punto de vista multidisciplinario, ha estado en el vórtice de la actividad de la ­Fundación, así como el trazado de puntos de contacto, que no excluyen el contrapunto ni la polémica, entre el pensamiento contemporáneo cubano y el de otras zonas de América Latina y el Caribe.

La Fundación ha dispuesto escenarios  para la discusión abierta, responsable y desprejuiciada de temas álgidos, que van de la cultura medioambiental a la cultura popular, de los usos de la tierra y el impacto de la ganadería en la historia social de la Isla hasta la reproducción de la marginalidad.

Los resultados de estas discusiones están recogidas en las casi 40 entregas de la revista Catauro, un verdadero tesoro referencial por acopiar, además, varias de las más agudas indagaciones y reflexiones acerca del etnos cubano, los cultos de origen africano, la religiosidad popular, las tradiciones rurales y las representaciones simbólicas, entre otros temas de interés.

Nada es ajeno, pero tampoco azaroso, en los caminos de la Fundación. Ni el escrutinio de los aportes de chinos, árabes, europeos y caribeños a la sociedad cubana, puntualmente llevados a los muy solicitados mapas etnográficos; ni la concesión de premios nacionales e internacionales a personalidades e instituciones; ni la articulación a proyectos como La Ruta del Esclavo de la Unesco, y en fecha más reciente, al grupo gubernamental del Programa Nacional contra el Racismo y la Discriminación Racial.

Cada acción tributa al conocimiento de nuestra realidad y, más aún, a su transformación cualitativa. Porque Barnet y sus colaboradores –cómo dejar de evocar en este minuto a Teté Linares–  nunca han dejado de defender un principio enarbolado por Don Fernando: «En Cuba, más que en otros países, defender la cultura es salvar la libertad».