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¿Se puede finalizar la guerra contra el narcotráfico?

Solución multilateral

El diagnóstico detrás de la propuesta de Petro no es el de una simple descriminalización de la droga y la creación de un sector formal de productores y distribuidores que paguen impuestos.

Petro entiende que esta ecuación tiene dos partes. La primera es la atención urgente de los adictos a todas las drogas, incluyendo los opiáceos y drogas sintéticas que no se producen en América Latina. La segunda parte es el desmantelamiento de las redes de crimen organizado, incluyendo la extinción de dominio de bienes mal habidos y la declaración sobre ruta, métodos y por supuesto cómplices. Aunque el nuevo mandatario colombiano obtenga del poder legislativo de su país los necesarios cambios legales, algunas de sus actuaciones podrían ser violatorias de los acuerdos globales de Naciones Unidas de lucha contra el narcotráfico

El pasado domingo 7 de agosto, en su discurso inaugural como presidente de la República de Colombia, el economista y ex guerrillero Gustavo Petro, propuso una idea muy sugerente para la comunidad internacional: acabar con la guerra contra el narcotráfico, porque ha fracasado.

El presidente Petro planteó su propuesta en términos multilaterales, y desde una perspectiva de las víctimas de esta política pública, tanto en el norte como en el sur. ?Un millón de latinoamericanos muertos? y ?70 mil estadounidenses? que mueren anualmente por sus adicciones. La iniciativa del mandatario colombiano merece una seria discusión, sobre todo una muy profunda evaluación sobre las consecuencias de desmantelar el combate global al tráfico de drogas.

Origen de un problema

Como tal, el tráfico de drogas nació como una industria legal muy rentable para las potencias europeas, que con las guerras del opio (1839-1860) obligaron al imperio chino a abrir su economía nacional a las importaciones europeas sin aranceles, y a aceptar el consumo de opio por su población, suministrado por el monopolio británico de dicha droga. El consumo de opio fue un marcador estigmatizante de la comunidad china en el extranjero, ya que en alguno de los megaproyectos y explotaciones más significativas del siglo XIX, se usó mano de obra china prácticamente en condiciones de esclavitud, cuyo consumo de opio era fundamental para las terribles jornadas de trabajo de 12,16 y más horas. Uno de estos megaproyectos fue el ferrocarril transístmico de Panamá, inaugurado en 1855, cuya construcción, por mano de obra china entre otras, en condiciones infrahumanas, dejó para la historia el suicidio masivo por ahorcamiento de unos mil trabajadores chinos por falta de opio, en un área cercana a la ciudad de Panamá, en el trayecto de la actual avenida Ricardo J. Alfaro.

Durante finales del siglo XIX y principios del XX, el consumo de drogas por la alta sociedad europea y norteamericana era parte de un estilo de vida respetable. La droga de lujo era la cocaína, que llegó a formar parte de la Coca-Cola, la que dejó de tener la mayor composición de ese contenido en 1903, pero le tomaría hasta 1929 eliminarla por completo de esa bebida.

El combate de los narcóticos tiene protagonistas extraños. Uno de estos es Harry J. Anslinger, director de la Oficina de Control de Narcóticos del gobierno de Estados Unidos. La obsesión de Anslinger era la de controlar el comportamiento de las minorías raciales: que en el imaginario de la época estaba asociado con el consumo de drogas como la marihuana y la cocaína, y por lo tanto representaban un peligro para la sociedad: ?Hay un total de 100 mil fumadores de marihuana en Estados Unidos, y la mayoría son negros, hispanos, filipinos y artistas. Su música satánica, el jazz y el swing son el resultado del uso de la marihuana. Esta marihuana hace que las mujeres blancas busquen relaciones sexuales con negros, artistas y cualquier otro?, dijo Anslinger a la alta sociedad anglosajona blanca que dominaba la política, obteniendo en 1937, la prohibición de la marihuana que tanto buscaba.

En décadas posteriores, la Oficina de Control de Narcóticos se convertiría en la Administración de Control de Drogas (DEA) de Estados Unidos.

Tapar una guerra con otra

En junio de 1971, el presidente de Estados Unidos Richard Nixon declaró oficialmente la guerra contra las drogas, a las que calificó como el enemigo público número uno de su país. De esta forma Nixon pretendía contrarrestar a los pacifistas que protestaban contra la guerra de Vietnam y a las minorías raciales que luchaban por mejorar sus condiciones. En 1973, el gobernador republicano de Nueva York Nelson Rokefeller tenía aspiraciones presidenciales que requerían la demostración de sus credenciales como un buen ?republicano?. El gobernador hizo aprobar una reforma penal que aumentó significativamente las sanciones por el microtráfico, la posesión y la venta de narcóticos, aunque con una tendencia diferenciada, en la que el resultado fue un castigo desproporcionado de las minorías raciales, frente a una relativa indiferencia a las drogas consumidas por los blancos. Esta reforma penal persigue todavía a Estados Unidos con la mayor población penitenciaria en un país democrático.

En la década siguiente, otro republicano, el presidente Ronald Reagan convirtió la guerra contra las drogas en un esfuerzo paralelo al de la guerra contra el comunismo. Mientras Reagan condenaba y apretaba las sanciones por consumo de drogas, sus agencias de inteligencia hacían pactos indecibles con narcotraficantes desde Bolivia, Colombia y Panamá, hasta desarrollar rutas de trasiego de drogas en el propio territorio de Estados Unidos por pilotos estadounidenses, a favor del cartel de Medellín. Ni la invasión a Panamá el 20 de diciembre de 1989, ni el asesinato de Pablo Escobar Gaviria el 2 de diciembre de 1993, pudieron detener al genio que había salido de la botella.

Solución multilateral

El diagnóstico detrás de la propuesta de Petro no es el de una simple descriminalización de la droga y la creación de un sector formal de productores y distribuidores que paguen impuestos.

Petro entiende que esta ecuación tiene dos partes. La primera es la atención urgente de los adictos a todas las drogas, incluyendo los opiáceos y drogas sintéticas que no se producen en América Latina. La segunda parte es el desmantelamiento de las redes de crimen organizado, incluyendo la extinción de dominio de bienes mal habidos y la declaración sobre ruta, métodos y por supuesto cómplices. Aunque el nuevo mandatario colombiano obtenga del poder legislativo de su país los necesarios cambios legales, algunas de sus actuaciones podrían ser violatorias de los acuerdos globales de Naciones Unidas de lucha contra el narcotráfico.

De allí que Petro necesita convencer a la comunidad internacional de que su negociación con las redes criminales puede producir resultados significativos. En su discurso de toma de posesión Petro le habló directamente a Estados Unidos con la finalidad de resolver multilateralmente este problema. En esta coyuntura histórica, solo si Estados Unidos y la Unión Europea lo consienten, Naciones Unidas podría hacer un protocolo que modifique sus convenios en esta materia.

En un escenario de posguerra contra las drogas, las autoridades necesitarán en países como Panamá, establecer una red nacional de centros para atender adictos y de institutos para resocializar a traficantes, distribuidores y pandilleros, cuyo principal contacto con el Estado panameño ha sido la justicia penal. La venta de drogas no dejaría de ser delito, pero con una mayor atención a adictos y usuarios combinada con una mayor presencia del Estado en forma de servicios públicos en todo el territorio, la marea debe cambiar. La justicia panameña, al igual que la colombiana, deberá seguir combatiendo al blanqueo de capitales y al crimen organizado en todas sus formas.

Reconocer el fracaso de la guerra contra las drogas no significa que la justicia ignorará los fenómenos criminales, si no que atenderá aquellos de mayor impacto en la vida de los ciudadanos. Con los recursos policiales liberados de estas tareas, se podrán enfrentar en mejores condiciones otros delitos.

Luego de medio siglo de la declaración de guerra contra las drogas de Nixon, ya es tiempo de probar otra forma de enfrentar este flagelo.

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